Caminitos andados
Hace más o menos 28 años llegué a un pueblo pequeño que tenía cara de puerto porque estaba a las orillas de un río grande y violento que despertaba amor y odio entre los habitantes.
Cuando fui a coger una naranja del palo alto de aquel potrero que tenía una casa construida a medias y que daba un chorrito de agua, pasé por medio del bosque y vi la culebra bajar el río en ritmo de ese.
Caminaba un largo camino, abriendo y cerrando broches de potreros mientras recordaba que ese riachuelo seco era donde el esqueleto había abrazado a mi abuelo.
El olor a miel y sal para el ganado en el carro de bancas traseras mezclado con el calor del día y el vapor de las botas de caucho de colorcitos.
La satisfacción de la llegada a la ciudad mientras nos tirábamos saltando de ese alto carro y corríamos cuesta abajo donde nos recibía el asfalto de la ciudad.
Cuando fui a coger una naranja del palo alto de aquel potrero que tenía una casa construida a medias y que daba un chorrito de agua, pasé por medio del bosque y vi la culebra bajar el río en ritmo de ese.
Caminaba un largo camino, abriendo y cerrando broches de potreros mientras recordaba que ese riachuelo seco era donde el esqueleto había abrazado a mi abuelo.
El olor a miel y sal para el ganado en el carro de bancas traseras mezclado con el calor del día y el vapor de las botas de caucho de colorcitos.
La satisfacción de la llegada a la ciudad mientras nos tirábamos saltando de ese alto carro y corríamos cuesta abajo donde nos recibía el asfalto de la ciudad.
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