Violencia hacia la mujer: Parte del Paisaje.


La indignación mediática, de la cual sufrimos todos los colombianos, hace que despersonalicemos las acciones ofensivas, crueles e ilegales de los demás hacia grupos vulnerables. En los últimos años he visto con impotencia los casos de Natalia Ponce, Rosa Cely, Yuliana Samboní y Claudia Rodríguez. Cada uno de los casos responden a la fuerza, abuso y locura de nosotros: los hombres. 

Los casos mencionados llegan a los medios de comunicación por distintas circunstancias, pero, los que no llegan?. Es común, por mi trabajo, saber de la violencia contra la mujer. Con total certeza puedo decir que en las comunidades más pobres y vulnerables, los casos aumentan exponencialmente. Es una enfermedad silenciosa, que va de hogar en hogar, alimentada por el miedo.

La ventana de oportunidad, que se ha dado frente a los casos de violencia contra las mujeres, ha generado algunos resultados en la legislación Colombiana. Se creó la ley Natalia Ponce, se aumentó la pena por feminicidios y existen otras iniciativas, como la cadena perpetua a violadores de niños, que propone la hija de la fallecida Gilma Jiménez. No obstante, esto no es suficiente.

Hace un par de años, en el Museo Casa de la Memoria de Medellín, me encontré con una exposición donde explicaban el siguiente concepto: el matriarcado, es el mejor resultado del patriarcado. En otras palabras, las mujeres entran dentro de un juego donde se vuelve ficha clave para transmitir prácticas y creencias culturales centradas en el hombre: como el machismo. No es sorpresa, entonces, que vivamos en una sociedad de mujeres machistas.

El problema trasciende más allá de las leyes: la violencia hacia la mujer, hace parte del paisaje, por razones claramente culturales. Semanas atrás visité una familia en Cartagena. La hija,  madre adolescente de 15 años, me decía que vivía con su mamá porque su padre estaba en la cárcel. Él vendía drogas en la casa, y golpeaba a su madre todos los días. Solo el día en que su papá le partió el brazo a su madre, la familia, sin su papá, decidió salir a buscar una mejor vida. Mientras hablaba con su mamá, me dijo que estaba muy desesperada porque su esposo, con quien no tenía contacto hace siete años, saldría en el mes de octubre a las calles, y que a pesar de que ella tiene su pareja, sabía que iba a ser un problema muy grande. Para terminar, la hija me contó que su padre no dejaba que la mamá los cargara cuando eran bebés, porque se iba a "magullar", es decir, su esposa era su propiedad y era lo único que le interesaba.

Existen estudios que muestran los beneficios para la sociedad y la economía, cuando se invierte en el estudio y empoderamiento de una niña. Esta afirmación, contrasta con la vulneración de los derechos en los casos de abuso sexual y embarazo en menores de edad. Adicionalmente, qué hacen los menores edad casándose. El año pasado hubo 470 casos que involucraban menores de edad, en Antioquia y Valle están los niveles más altos.

Para terminar, el sistema judicial colombiano está lejos, lejísimos, de ser eficiente con respecto a la resolución de casos asociados a violencia contra las mujeres y niñas. Este problema sinceramente no se resuelve con leyes. Si existe algo en Colombia, es el imperio de la fuerza en los hogares, desde allá es donde se debe empezar a atacar. Mujeres y hombres, a romper la aceptación pasiva y condescendiente de pequeños brotes de violencia de género. Este tipo de violencia no puede ser más parte del paisaje.  

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